Ciorán, Emil M.

"La melancolía: el tiempo convertido en afectividad" (Sic. del autor)

"Recuerda que eres mortal". Suele usarse para identificar un tema frecuente en el arte y la literatura que trata de la fugacidad de la vida.
La frase tiene su origen en una peculiar costumbre de la Roma antigua. Cuando Julio Cesar o cualquier otro general desfilaba victorioso por las calles de Roma, tras él un siervo se encargaba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la soberbia y pretendiese, a la manera de un dios omnipotente, usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre.
Pues bién, dicha anécdota histórica resulta enteramente aplicable a Cioran para poder entender la clase de tónico que el ex rumano nos administraba y nos seguirá administrando viniendo a ser para el lector como el bufón necesario que precisa el ser humano, ese ser engreído y enfático que unas veces se juzga rey y otras mendigo, que se ensoberbece o que se hunde al primer fracaso, ese ser insustancial que cree alejarse del sinsentido y de la muerte y que se piensa justificado, necesario. El hombre es mortal y Cioran cumplió ya con ese destino común y escandaloso.

Cioran, como sabemos sobre todo a partir de la difusión que en España hizo de él Fernando Savater, fue un apátrida afincado durante muchos años en París, un escritor que abandonó el rumano por la lengua francesa, un polemista que, pese al interés, al humor y al desgarro de sus ideas, sólo tuvo una escasa repercusión en los ambientes culturales de posguerra. Fue un estilista si por tal se entiende la expresión pasional, el retorcimiento elegante y el solecismo intencional que adrede inflige a un idioma prestado. Fue alguien que predicó el hastío de vivir –como si de un volcán apagado se tratara--, la derrota que significa abandonar lo potencial, el error que entraña el nacimiento, el vacío existencial, la nostalgia del Paraíso. No fue un existencialista angustiado al modo de los que frecuentaron el París de posguerra, no predicó la náusea ni tampoco se abandonó a un lenguaje abstruso. Practicó el sedentarismo viviendo en hoteles durante mucho tiempo, ensalzó el disfrute de las pequeñas cosas de la vida sin darles la trascendencia grave y esencial de las que carecían. No se tomó enfáticamente y se vio con ironía, con la ternura del que se sabe desvalido. Recomendaba, por ejemplo, la visita frecuente al cementerio para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y, más aún –añadiría yo mismo--, para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito. A lo que nos cuentan, fue a la vez orgulloso y autopunitivo, tortuoso e irreparablemente vitalista sólo porque sabía de la posibilidad cierta del suicidio. Tuvo una juventud peligrosa, explosiva, altanera, casi delirante y una madurez descreída, mostrándose cada vez más afín al budismo, a la templanza sabia que se distancia del yo enfático y evidente. Un personaje así merece la pena frecuentarlo. Cuando se cierne sobre nosotros la amenaza de morir de éxito o cuando el dolor se nos vuelve irreparable, cuando el narcisismo nos desequilibra o cuando el pesimismo nos ciega, en una palabra cuando la omnipotencia infantil triunfante o frustrada regresa para dañarnos, hay que volver a Cioran que siempre nos obliga a reparar en nosotros mismos arrancándonos, con sus nihilistas convicciones, un suspiro de gracia porque nada de lo que dice nos es ajeno y podemos respirar profunda, consustancialmente, esa nuestra existencia a veces esperanzada que él se encarga de que la disfrutemos siempre, en cada instante, como si de la última copa de néctar se tratara.
Él diseñó algunas de las frases más demoledoras que se hayan escrito jamás sobre la humanidad; porque lo suyo era puro diseño filosófico: ética y estética. Pero Emil era en realidad un viejete encantador, rebosante de vitalidad, alegría y ganas de vivir al que se le iluminaban sus pícaros ojillos cuando se refería a España, que había recorrido con su bicicleta después de la II Guerra Mundial y, según decía y escribía, como le preocupaba increíblemente el día a día, el aburrimiento de la cotidianeidad, cartesiano en sus aforismos, de los españoles admiraba su capacidad para lo imposible y ese ‘viva la virgen’ que, según él, llevan dentro.

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